Metodo Gabriel

INTRODUCCIÓN

Mi propia transformación

El Método Gabriel es un sistema,
nuevo y revolucionario, SIN DIETAS,
para ponerte en forma, haciendo que tu cuerpo
quiera estar delgado.

Recuerdo claramente el momento que cambió mi vida para siempre.
Fue en agosto de 2001. Pesaba 186 kilos. En los doce años
anteriores había engordado más de 90 kilos.
Acababa de tomar la salida de Paramus/River Edge, en la carretera
4, en Nueva Jersey. Mientras salía, una idea me golpeó
como si fuera un rayo: «Mi cuerpo quiere estar gordo y, mientras
quiera estar gordo, no hay nada que yo pueda hacer para
perder peso». Me metí en la calle lateral más cercana y me quedé
allí, sentado en el coche.

No pude pensar en nada más durante los siguiente veinte minutos.
A lo largo de los doce años en los que aumenté 90 kilos, lo
probé todo para perder peso, incluyendo todas las dietas habidas
y por haber, desde dietas bajas en grasas hasta dietas bajas en
carbohidratos y todo lo que hay entre las dos. Pasé tiempo en el
instituto Nathan Pritikin, de California y con el mismísimo doctor
Atkins, ahora fallecido, en Nueva York.

Me gasté más de tres mil dólares con el doctor Atkins y, al final,
lo mejor que hizo fue chillarme por estar tan gordo. También
gasté pequeñas fortunas en todas las curas holísticas concebibles
y todos los tratamientos alternativos para la salud disponibles.
No importaba lo que hiciera, mi cuerpo continuaba aumentando
de peso.

Todas las dietas o programas que emprendía seguían, exactamente,
el mismo modelo. Empezaban obligándome a contar algo
—calorías, grasas, carbohidratos, sal, lo que fuera— y me daban
una lista de lo que no podía comer. Seguía la dieta al pie de la
letra. Por lo general, al principio, perdía peso rápidamente, pero
luego el ritmo de pérdida de peso empezaba a hacerse más lento.
Finalmente, dejaba de adelgazar por completo. Llegado a ese
punto, hacía dieta, no para perder peso sino simplemente para
mantener el que ya tenía.

Durante todo el tiempo, mis ansias de la comida que no me
estaba permitida aumentaban. Desalentado y con el ánimo por los
suelos, había veces en que estaba demasiado agotado para seguir
luchando contra mis deseos y me daba una tremenda comilona.
Recuperaba en cuestión de días el peso que me había costado un
mes o más perder.

Unas semanas después pesaba, invariablemente,
entre cinco y siete kilos más que al empezar la dieta.
No importaba lo que hiciera para perder peso, mi cuerpo luchaba
contra mí con uñas y dientes, y al final siempre ganaba.
Después de años de darme de cabeza contra la pared y tratar de
obligarme a perder peso, tuve que admitir que, mientras mi cuerpo
quisiera estar gordo, no había nada que hacer.

A partir del momento en que me di cuenta de esto, renuncié
para siempre a hacer dieta. Decidí que, en lugar de obligarme a
perder peso contra la voluntad de mi cuerpo, intentaría averiguar
por qué mi cuerpo quería estar gordo.

Así que inicié la búsqueda de respuestas reales. Pasé horas
cada día aprendiendo todo lo que pude de bioquímica, nutrición,
neurobiología y psicología. En la década de 1980 asistí a
The Wharton School of Business, en la Universidad de Pensilvania.
Mientras estaba en Wharton, empecé a interesarme mucho por la bioquímica e hice toda una serie de cursos de biología.

También hice un año de investigación sobre la síntesis del colesterol
con el doctor José Rabinowitz, en el hospital para Veteranos
de Filadelfia. Esto me dio una base lo bastante sólida en bioquímica
para comprender todos los estudios actuales sobre la
obesidad.

Me leía veinte o treinta informes de investigación al día y, después
de haber leído varios cientos —tal vez un millar—, no tardé
en convertirme en experto en las más avanzadas investigaciones
sobre la química de la obesidad y la pérdida de peso. También
estudié meditación, hipnosis, programación neurolingüística,
psicolingüística, Terapia del Campo del Pensamiento (TFT son
sus siglas en inglés), tai chi, chi kung, y el campo de la investigación
de la conciencia. Incluso estudié física cuántica. Estaba convencido
de que las respuestas estaban en algún lugar, en el espacio
que separa la mente del cuerpo.

Pero sobre todo, empecé a estudiar mi propio cuerpo. Dejé
de verlo como el enemigo que se negaba a escucharme. Comprendí
que el problema no era mi cuerpo, sino que yo no entendía
cómo hacerlo funcionar. Desde ese momento, empecé a
prestarle muchísima atención. También dejé de imponerme a
él y obligarlo a hacer algo en contra de su voluntad. Por el contrario,
me dediqué a estudiarlo y, como resultado, comencé a
aprender de él.

Como era un estudiante receptivo, mi cuerpo llegó a ser un
maestro muy eficaz. Me enseñó por qué quería estar gordo y qué
tendría que hacer yo para que él quisiera estar delgado.
En cuanto comprendí que había razones para que mi cuerpo
quisiera estar gordo, dejé de hacer dieta. ¿Qué sentido tenía, si la
dieta no iba a solucionar el problema? Más tarde averigüé que
las dietas no sólo no dan resultado, sino que si tu cuerpo ya quiere
estar gordo, lo único que conseguirán será hacer que quiera
estar más gordo.

Renunciar a las dietas para siempre fue lo más grande y liberador
que he hecho nunca. Detestaba hacer dieta.Detestaba estar tan obsesionado con la comida y tratar cada señal de hambre como una batalla que tenía que librar.

Detestaba clasificar cada día según lo bien que me había portado: «¡Sí, hoy he sido bueno!» O, en un mal día: «Vale, hoy esto va mal, pues ve
a por todas. Vete a la tienda y compra todos los pasteles, galletas,
bizcochos de chocolate y todos los sabores de helado que haya.
No, chocolate no. Tiene demasiadas calorías.

Coge ése que no tiene grasas; el de vainilla con plátano. Y ya que estás, podrías probar también el de fruta de la pasión y el de melocotón. ¡Bah, a la mierda! Ya que vas a comprar todo eso, igual puedes comprar
un helado de verdad, con chocolate, nueces, bizcocho y dulce de
leche, en tamaño doble.

Pero no te lleves sólo ése, porque un día es un día y, puestos a hacer, también podrías comprar el otro que hace mucho tiempo que te mueres de ganas de probar». La dieta y el atracón eran mi manera de vivir, pero cuando comprendí la situación, renuncié a todo eso. Lo abandoné y dejé de tener días buenos y días malos; dejé de tratar cada punzada de hambre como una batalla. Si tenía hambre, comía, y si no tenía hambre, no comía. Si quería algo con el doble de lo que fuera, lo
tomaba.

Daba un bocado o dos o diez o me lo comía todo. Como
ya no llevaba la cuenta, me daba igual. Así que empecé a vivir de esta manera. Empecé a vivir como si fuera una persona naturalmente delgada; comía lo que quería, siempre que quería, pero con una diferencia: me aseguraba de incorporar ciertos alimentos que sabía que contenían los nutrientes que mi cuerpo necesitaba, en una forma que pudiera digerir y asimilar.

Al principio, los alimentos que ansiaba eran los mismos. Seguía
tomando un montón de comida basura como efecto de rebote
por haberme negado tantas cosas, tanto tiempo. No obstante,
esto cambió gradualmente, y empecé a desear no sólo menos
cantidad de comida, sino también alimentos más sanos.

Ahora, si mi cuerpo tiene hambre, la tiene por alguna razón. La clase de
alimentos que mi cuerpo ansía son frutos frescos y ricas ensaladas,
llenas de color. La comida que antes veía como una tarea
pesada o un castigo, ahora me sabe más rica que todo lo que comí
en mis quince años de caprichos y de una vida de excesos, en
Nueva York.

Mis gustos se han transformado por completo. La mayoría de
lo que ansiaba no era realmente comida. No era más que azúcar
y sabores artificiales. Prácticamente, lo único que me metía en el
cuerpo eran calorías vacías. Es decir, en realidad, una de las razones
de que siempre tuviera hambre era que me moría de hambre
de nutrientes.

Estaba matando de hambre a mi cuerpo. Como no podía utilizar
lo que yo comía, no estaba satisfecho y seguía sintiendo
hambre. Por mucho que yo comiera, mi cuerpo no recibía nutrición,
porque en lo que yo comía, no había nada que lo nutriera.
Imagina que sólo alimentas a un bebé con soda.

Esto es lo que se me ocurre cuando pienso en aquel periodo de mi vida.
El bebé necesitaba leche materna y yo le daba cola. ¿Qué otra
cosa podía hacer sino llorar y llorar? Tenía que hacer algo. Tenía
que pedir más de lo que yo le estuviera dando; era su única opción.
Aunque pesaba más de ciento ochenta kilos y aunque había días en que ingería más de cinco mil calorías, a pesar de todo me
estaba muriendo de hambre, nutricionalmente hablando.

Mi cuerpo estaba en un modo de hambre perpetua, pese a un
suministro, al parecer infinito, de comida vacía de nutrientes, y
pese a cargar con comida de reserva, en forma de grasas, en exceso,
suficiente para durarme las tres vidas siguientes.

Y no era sólo mi cuerpo el que pasaba hambre. Mataba de
hambre todos los aspectos de mi vida. Me estaba sometiendo a
una hambruna mental, emocional y espiritualmente. No escuchaba
ni seguía lo que me decía el corazón. Vivía de acuerdo a
una idea preconcebida de cómo se suponía que tenía que ser mi
vida.

El corazón me decía que siguiera una dirección del todo
diferente, y yo no lo escuchaba. Por el contrario, constantemente
trataba de protegerme contra todos los cambios que el corazón
me pedía que hiciera. Como resultado, mi alma se estaba muriendo
de hambre, porque me privaba de las experiencias que mi
alma quería tener en esta vida.

Me pasaba todo el tiempo trabajando en el interior de un edificio,
en la ciudad de Nueva York, cuando lo que yo quería era
estar en medio de una naturaleza limpia y sin estropear. Estaba
atascado en un despacho, de las nueve a las cinco, cinco días
a la semana y, durante la mayor parte del día, sólo veía luz fluorescente, olía moquetas industriales y oía los mismos bips, timbrazos y arengas de venta que llevaba oyendo, cada día, desde
hacía quince años. No me moría de hambre por falta de nutrientes,
me moría por falta de vida.

En lo más profundo de mi corazón, quería estar en otro lugar.
Pero, ¿qué podía hacer? Ganaba dos o tres veces más, como
agente de bolsa, que en cualquier otra cosa que pudiera
hacer.

Estaba encerrado bajo llave en mi
vida, y no iba a poder liberarme fácilmente.
Pero, por fin, cuando empecé a escuchar atentamente a mi
cuerpo, fui capaz de oír mi corazón. Por vez primera podía oír
que mi corazón me decía que me estaba ahogando. Pero, como
no tenía ningún plan en mente, lo único que podía hacer era escuchar
y soñar.

Aunque no tenía ni el valor ni la fuerza para cambiarla, mi
vida estaba destinada a cambiar de manera radical.
Un mes después de haberlo comprendido, estaba previsto que
volara a San Francisco para lo que podía acabar siendo una de
las reuniones de negocios más importantes de mi vida. Me iba a
reunir con una importante compañía de agentes de bolsa para
discutir la posibilidad de que compraran la empresa que yo había
construido. Era un día que podía cambiarme la vida para
siempre. La reunión encerraba el potencial de convertir todos mis
sueños en realidad.

Siempre que volaba a San Francisco, elegía un vuelo directo
desde el aeropuerto Newark. No obstante, en esta ocasión en
particular, mi socio decidió ahorrar 150 dólares y me compró un
billete en un vuelo más barato, pero mucho más incómodo, que
salía por la tarde del aeropuerto de La Guardia, en Nueva York.
No me entusiasmaba precisamente la idea de tener que soportar
dos horas de tráfico para llegar a La Guardia, gastar 300 dólares
en aparcamiento y aguantar una espera de dos horas en Cincinnati
sólo para ahorrar 150 dólares. Normalmente, habría tomado
medidas al respecto, pero algo me decía que lo dejara estar, y
eso es lo que hice.

Al final, no llegué a coger aquel vuelo, porque cerraron el
aeropuerto el 11 de septiembre de 2001, así que nunca volé a San
Francisco para aquella reunión de negocios. Pero el vuelo que, al
principio, yo tenía intención de coger era el 93 de United Airlines,
ya en el aire cuando el primer avión se estrelló contra el World Trade Center. Los pasajeros del vuelo 93 tuvieron tiempo de enterarse.
Tuvieron tiempo de llamar a sus cónyuges, desde sus
móviles, para decirles lo mucho que los querían y lo importantes
que eran para ellos, antes de tomar el control de la situación y
obligar a los secuestradores a estrellar el avión en un campo de
Pensilvania.

No hubo supervivientes. Si hubiera cogido el vuelo 93, habría dejado atrás un cuerpo de 180 kilos, después de haber pasado toda mi vida adulta en unas oficinas, bajo unas luces fluorescentes que me desvitalizaban y marchitaban, mientras oía los mismos bips, timbrazos y arengas de ventas.

Aquél habría sido mi sino, pero por la gracia de Dios, me ofrecieron
una segunda oportunidad. Dos semanas más tarde, llegué
a mi despacho, dispuesto a vivir un gran día, dispuesto a abrazar,
de verdad, mi vida y sacarle el máximo partido… para encontrarme
con que mi empresa había cerrado.

La firma de agentes de bolsa que llevaba todas nuestras cuentas
se había hundido debido a la violenta reacción de los mercados
bursátiles provocada por el 11-S. Habían perdido 80 millones de
dólares de la noche a la mañana. Como resultado, nuestros activos
y los de nuestros clientes habían quedado congelados. Ni un
solo cliente podía transferir dinero desde su cuenta ni hacer
lo más profundo de mi corazón.

Compré dos billetes de ida a Australia oriental para mi esposa y para mí. Era nuestro sueño desde hacía mucho tiempo y, por fin, estaba dispuesto a empezar a vivirlo sin nada más que la fe y el deseo de seguir los dictados de mi corazón.

Aquella noche llegué a casa con dos grandes noticias para mi
esposa. Una era que me había quedado sin trabajo, y la otra que
nos trasladábamos a Australia en un plazo de seis meses. Dos semanas
más tarde, ella tenía noticias para mí. Estaba embarazada
de nuestro primer hijo.

Seis meses más tarde estábamos en un avión, camino de Australia.
No teníamos ni idea de lo que íbamos a hacer el resto de
nuestra vida, y no nos importaba. Tenía fe en que me estaban
guiando y que, mientras obedeciera lo que me decía el corazón,
estaría en el camino en el que tenía que estar. Hasta el día de hoy,
sigo escuchando a mi corazón y obedeciendo sus dictados.
Para mí, transformar mi cuerpo representaba, en gran medida,
transformar mi vida.

Pero había otras cuestiones que tenía que abordar. Estaba sometido a un enorme estrés y, como veréis más adelante, ciertos tipos de estrés pueden engañar al cuerpo para que quiera estar gordo y activar lo que llamo los «Programas FAT [gordura]». También padecía una dolencia que llamo «obesidad emocional», que se produce cuando alguien se siente más a salvo si está gordo. Tenía que enfrentarme a muchos problemas diferentes.

En las próximas páginas explicaré las muchas razones diferentes
de que nuestro cuerpo quiera estar gordo. La mayoría de los
que leáis este libro sólo tendréis que concentraros en uno o dos
problemas. Sólo tendréis que entenderlos, y luego aprender a hacerles
frente y eliminarlos.

Todo el proceso puede ser muy fácil y, después de leer este libro, sabréis exactamente qué hacer. Pero, por el momento, lo único que necesitas comprender es que si tienes que perder más de unos cinco kilos y no lo consigues, es porque tu cuerpo tiene una razón para aferrarse a ese peso extra.

Tu cuerpo quiere estar gordo y, mientras ese sea el
caso, luchar contra él no servirá de nada.
El cuerpo cuenta con todas las bazas. Controla tu metabolismo,
así que incluso si crees que puedes controlar la cantidad de
comida que metes en el cuerpo, él controla cuánta energía quemará
y cuánta almacenará. El cuerpo puede hacer que estés tan
cansado que no tengas energía para hacer ejercicio, incluso si
acabas de contratar al mejor monitor del mundo.

También tu cuerpo tiene la palabra final sobre lo que hará
con cualquier alimento que introduzcas en él. Puede elegir almacenar
todo lo que quiera en tus células grasas. Puede elegir
almacenarlo en tus células grasas en lugar de proporcionar energía
a tus músculos. Además, cuando el cuerpo necesita energía
y no le das suficiente alimento, puede quemar músculo en lugar
de grasa.

El cuerpo es quien manda. Controla todo el metabolismo de
la grasa, así como muchas de las otras funciones de supervivencia
básicas, en una diminuta zona de la base del cerebro: el
«cerebro animal». Esta zona determina cuánto sueño necesitas,
cuánto aire necesitas y lo gordo o delgado que debes estar. Si
necesitas más sueño, hará que te sientas cansado. Si necesitas
más oxígeno, hará que quieras respirar más deprisa.

Y si necesitas más grasas, hará que tengas hambre. Es así de simple. Prueba a aguantar la respiración un rato y pronto verás cómo el impulso de respirar es irresistible. ¡Y así debe ser! ¡Respirar te mantiene vivo! El mecanismo de almacenamiento de grasas del cuerpo funciona exactamente igual.

Mientras tu cuerpo esté convencido de que mantenerte gordo es mantenerte a salvo, el impulso de ingerir comida basura será igualmente irresistible. Siempre se ha acusado a los gordos de ser débiles, perezosos y consentirse todos los caprichos; no sólo lo ha hecho el público en general, sino también el sector de la atención sanitaria dominante. Sé que cada vez que entraba en la consulta de un médico recibía aquella mirada de «Vaya, mira ese tío que no se cuida».
Nada estaba más lejos de la verdad, pero yo recibía la mirada…
TODAS LAS VECES.

Imagina que alguien te dijera que tu problema es que duermes
demasiado y que sólo debes dormir dos horas al día. Y que
todos en la sociedad y en tu entorno te juzgaran por ser débil y
perezoso porque dormías tanto. Podrías dormir dos horas cada
noche, durante un tiempo, pero antes o después necesitarías un
sueño largo —un «atracón de sueño»— porque tu cuerpo lo necesitará,
independientemente de lo que te diga la sociedad.
PASA EXACTAMENTE LO MISMO CON LA COMIDA.

Puedes reducir lo que ingieres y obligarte a comer menos durante
un tiempo, pero antes o después necesitarás darte un «atracón».
Es así porque tu cuerpo te obliga a comer más para mantenerte
en un cierto peso.

Una de las cosas que he estado intentando conseguir es una
disculpa oficial de la comunidad médica por su respaldo a los
estereotipos habituales, según los cuales a los gordos les falta
autodisciplina. Por fortuna, he observado que la situación está
mejorando. Ahora hay muchos médicos y profesionales de la sanidad
inteligentes que comprenden la auténtica razón de que
tantas personas sean obesas, pero todavía queda mucho camino
por recorrer.

La opinión generalizada entre la profesión médica
sigue siendo que perder peso es simplemente una cuestión de
calorías que entran y calorías que salen, y que los gordos deben
«sencillamente, comer menos». A los que piensan así, les digo:
«Sencillamente, respira menos» o «Sencillamente, duerme menos».
Sólo después de pensar en la imposibilidad de obedecer
estas órdenes, sabrán exactamente lo que es luchar contra la obesidad.

No hay medio alguno de que alguien, sea médico o no, pueda
llegar a imaginar lo que es estar en un cuerpo que te obliga a estar
gordo y a comer demasiado, a menos que hayan pasado por ello.
Dicho esto, las investigaciones actuales más avanzadas confirman
que perder peso no es sólo una cuestión de «las calorías que entran
y las calorías que salen», y que no tiene nada que ver con la
«disciplina».

El doctor Jeffrey M. Friedman, el «padre de la grasa»,
que descubrió la hormona leptina y que es, sin discusión, el
experto más importante y mejor informado sobre la obesidad en
el siglo xxi, dice que tenemos que dejar de culpar a las personas
gordas y que «no se puede achacar la obesidad a un fallo de la
fuerza de voluntad».

1 ¡Gracias, doctor Friedman! Por favor, haga correr la voz.
Así pues, el primer paso es comprender que no se trata de
fuerza de voluntad, y aceptarlo. En lugar de esforzarse en vano
contra el abrumador instinto del «cerebro animal» para mantenernos
vivos, lo único que hay que hacer es comprender por qué
nuestro cuerpo quiere estar gordo y, a continuación, eliminar
esas razones. Elimina las razones de que tu cuerpo quiera estar
gordo y querrá estar delgado… naturalmente.

La verdad es que tu cuerpo no quiere estar gordo para hacerte
daño o castigarte. La única razón de que tu cuerpo esté gordo
ahora mismo es que, por algún motivo, cree que lo hace por tu
bien. Pero en cuanto identificas los problemas y empiezas a hacerles
frente, todo cambia.

Podrás saber inmediatamente cuándo el cuerpo ha dejado de
querer estar gordo. No tendrás tanta hambre y no pensarás tanto
en la comida. Tendrás más energía y entusiasmo, y ya no estarás
en guerra con tu cuerpo.

Quizá no se vea de inmediato en el exterior, pero sabrás enseguida
que algo ha cambiado en el interior. Tu relación con la
comida cambiará, y tu relación con tu cuerpo cambiará. Tu cuerpo
ya no se dedicará a socavar tus esfuerzos.
Una vez que elimines las razones de que tu cuerpo quiera estar
gordo, también cambiará tu relación con el ejercicio.

En estos momentos quizá pienses que detestas hacer ejercicio; no te culpo. Hay una razón muy real de que detestes el ejercicio: tu cuerpo
no quiere que hagas ejercicio, porque si lo haces, perderás peso.
Mientras tu cuerpo quiera estar gordo, no querrá que seas activo
y quemes calorías, porque eso sólo hará que le resulte más difícil
mantener el peso.

Tu cuerpo hace que estés cansado y letárgico para que incluso
pensar en hacer ejercicio te cause dolor. No es una coincidencia;
es algo que tu cuerpo hace con toda la intención para que
sigas siendo sedentario.

No obstante, una vez que elimines las razones que hacen que
tu cuerpo necesite estar gordo, querrá ser activo de nuevo. El
ejercicio ya no será una dura tarea y la actividad puede llegar a
convertirse en una de tus máximas alegrías.

Lo repito, aunque quizá no se vea de inmediato: es sólo cuestión
de tiempo el que empieces a perder todo ese peso. Sabrás que
el cambio ya se ha producido en tu interior, y que sólo es cuestión
de tiempo para que todos los demás lo vean en el exterior.
Yo supe más de dos años antes que los demás lo que estaba
pasando dentro de mi cuerpo.

No hablaba mucho de ello, pero
sabía lo que pasaba. Tal vez anduviera por ahí en un cuerpo de
ciento ochenta kilos, pero en mi cabeza tenía la imagen de un
adolescente que pesaba ochenta kilos. A partir de ese momento,
fue una certeza.

Lo más asombroso de todo fue que, cuanto más peso perdía,
más rápido lo perdía. Descubrí que hay una razón para ello. El
cuerpo tiene un control absoluto sobre lo rápido que quemas
grasas. Si quiere estar más delgado, quemará la grasa muy rápida
y fácilmente. Esta es la mayor diferencia entre mi método y una
dieta: cuando más delgado quería estar mi cuerpo, más rápido
perdía peso.

Todas las dietas empiezan de la misma manera. Al principio
pierdes peso muy rápidamente, pero luego esa pérdida de peso
se hace más lenta. Finalmente, dejas de perder peso por completo,
sólo para empezar a recuperarlo un poco más tarde.

Al principio yo no perdía peso rápidamente: lo perdía lentamente.
Perdí once kilos en los primeros seis meses. Eso representa
un poco menos de medio kilo a la semana. Para alguien
que pesaba ciento ochenta kilos, no era ningún récord.
Pero luego, en lugar de ir más despacio, empecé a perder peso
más deprisa. Perdí otros sesenta y ocho kilos a un ritmo de casi
un kilo por semana, y perdí cerca de diez más a un ritmo de un
kilo y medio por semana.

Los últimos diez kilos —el peso que la mayoría de gente dice
que es imposible perder— los perdí a un ritmo de más de dos
kilos por semana. Cinco veces más rápido que los diez primeros.
No sólo era posible perder esos últimos kilos, en realidad se esfumaron
volando. Sencillamente, mi cuerpo no podía soportar
tener ni un gramo de grasa encima. Se deshizo de cada gramo de
aquellos últimos kilos que quedaban. Veía de nuevo todos los
músculos de mi abdomen, que era algo que había soñado, pero
que no había podido hacer desde niño.

Más aún, casi no mostraba señales de haber sido patológicamente
obeso. Mi piel se puso tensa y firme. Este hecho continúa
desconcertando por igual a médicos y profanos en la materia.
No tuve que hacer mucho para conseguirlo, y tú tampoco tendrás
que hacerlo. No fue un esfuerzo.

En realidad, sólo son tres las cosas que hice desde el primer día:

1. Nunca dejé pasar ni un día sin asegurarme de que le había
dado a mi cuerpo la nutrición que necesitaba, de una forma
que pudiera digerirla y asimilarla. Me concentraba en
añadir lo que faltaba.

2. Dediqué por lo menos un poco de tiempo cada día a practicar
unas técnicas que elaboré para hacer frente a las causas
mentales y emocionales de la obesidad.

3. Cada noche, al irme a dormir, visualizaba mi cuerpo ideal,
exactamente con el aspecto y la sensación que quería que
tuviera. Al final, esa visión se hizo realidad.

También utilizaba la meditación de muchas otras maneras.
Por ejemplo, en mayo de 2003 participé en un concurso de pérdida
de peso de doce semanas. Para entonces, ya había perdido
unos cincuenta kilos y calculé que, dado que estaba perdiendo
peso tan rápidamente, igual podía entrar en una competición.
Quería algo que ayudara a acelerar mi pérdida de peso, así
que creé una técnica de visualización para matar mis ansias de
azúcar.

En realidad, no gané la competición, pero la técnica de visualización
demostró ser muy eficaz. He continuado utilizándola, y
ya nunca más he vuelto a tener ansias de azúcar.

Todo lo demás se produjo bastante por sí mismo.
¿Que si empecé a comer menos? ¡Pues claro que sí! Pero fue
porque ya no tenía tanta hambre. ¿Que si empecé a comer de forma
más sana? ¡Sin ninguna duda! Pero fue porque empecé a tener
ganas de alimentos más sanos. ¿Que si hacía ejercicio? ¡Puedes
apostar a que sí! Y disfrutaba de cada minuto. Es lo que mi
cuerpo quería que hiciera. Pero no te preocupes; en este libro
nunca te pediré que te obligues a hacer ejercicio ni que te fuerces
a hacer nada.

Sólo te pediré que hagas tres cosas:
1. No pases ni un solo día sin añadir los nutrientes de los
que tu cuerpo siente hambre.

2. Escucha mi CD2 de visualización nocturna, o pasa por lo
menos diez minutos al día practicando las técnicas de visualización
de que hablo en este libro.

3. Escucha a tu corazón y a tu cuerpo.
Si estás dispuesto a hacer estar tres cosas, me gustaría invitarte
a que me acompañes en el que puede ser uno de los viajes más
satisfactorios de tu vida, dotado del potencial no sólo de transformar
tu cuerpo, sino de transformar todos los aspectos de tu vida que desees.

Jon Gabriel
Notas
1. Véase J. Bonner, «Jeffrey Friedman, discoverer of leptin, receives Gairdner
Passano Award», The Rockefeller University Office of Communications and
Public Affairs Website (13 abril 2005): http://runews.rockefeller.edu/index.
php?page=engine&id=178.
2. Por favor, id a http://www.gabrielmethod.com/beyondwords para ver las instrucciones sobre cómo pedir o descargar el CD The Gabriel Method Evening
Visualization.

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Written by Oscar Garibay Guadian

Working opened to the soul and to the world. Trabajando Abierto a mi alma y al Mundo.